sábado, 27 de agosto de 2011

Profecías autocumplidas

La mente es sumamente perezosa. Cuando aprende algo es muy difícil que lo desaprenda. Cuando cree algo, cuando se convence de algo, es muy difícil hacerla cambiar de opinión. Y esa pereza es altamente peligrosa, pues nos lleva a conclusiones muchas veces erróneas que pueden afectar a nuestra vida y a nuestras relaciones.

Crecer creyendo determinada cosa condiciona nuestro modo de ver el mundo. Atrevernos a plantearnos que esa creencia ha sido un constante error, o al menos, atrevernos a modificarla puede cambiarnos la vida.

Pigmalión era un rey de Chipre obsesionado con encontrar una mujer perfecta con la que casarse. Viendo que esa mujer no existía se dedicó a realizar esculturas de mujeres hermosas, una de ellas, a la que dio el nombre de Galatea, encarnaba todas esas virtudes que buscaba en una mujer de carne y hueso, y se enamoró de ella. Una vez soñó que Galatea se transformaba en una mujer real, y al despertar, Afrodita, que se conmovió con los sentimientos de Pigmalión, le concedió su deseo y Galatea se hizo humana.

Este es el efecto Pigmalión. Hay sucesos en nuestra vida que ocurren porque creemos que pueden ocurrir y todas nuestras acciones nos llevan a la realización de esos sucesos. También se les llama “profecías autocumplidas”. El peligro está en que se da tanto con nuestros deseos como con nuestros temores. Y lo peor de todo es que deseos y temores en ocasiones entran en conflicto, se llegan incluso a mezclar peligrosamente y ya no sabemos si deseamos o tememos.

En cualquier caso, si estoy convencido de que el mundo es cruel conmigo, seguramente no dejaré de ver y causar situaciones en las que se ratifiquen mis ideas. Si estoy convencido de que el mundo es grato para mí, mi vida se llenará de situaciones que me lo confirmen.

Creer que sí, será que sí. Creer que no, será que no. Lo mires por donde lo mires, tú eres quien construye tu vida y tu relación con ella. El destino es tuyo, tú decides qué haces con él.

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