domingo, 28 de agosto de 2011

El engranaje

Ortega y Gasset considera el enamoramiento como “una especie de imbecilidad transitoria”. No el amor, sino el enamoramiento. Habla de él como “un fenómeno de la atención”, atención que se centra en un objeto (el objeto supuestamente amado) y desatiende al resto del mundo.

Ortega hace una analogía muy acertada: si nos acercamos la mano a la cara evidentemente nuestro campo visual quedará reducido a esa mano, apenas podremos ver más allá. El enamorado reduce su mundo de este modo, concentra su atención en un punto, y de forma clara y manifiesta incurre en ese estado de “imbecilidad”.

No es necesario para esa ofuscación sentir ese enamoramiento. Puede ocurrir en las relaciones de amistad, de familia, laborales...

De vez en cuando se da el caso de que centramos nuestra atención en alguien que estimamos especial y esperamos de su parte también su atención, sus palabras y su interés por nosotros; pero nosotros, no obteniéndolo, en lugar de girar la vista y advertir la atención, las palabras y el interés de otras personas para las que sí somos especiales, nos obstinamos en un estado de “imbecilidad” semejante al que describía Ortega, centrándonos sólo en eso que nos falta de esa persona y no en lo que tenemos de los demás.

Tratamos de forzar un engranaje que se ha quedado bloqueado, y no sabemos que un leve giro colocaría los dientes en su sitio.

Es de suma importancia dar un par de pasos hacia atrás y observar más objetivamente lo que se cuece a nuestro alrededor, ofrecerle nuestra atención y nuestro interés a quien realmente lo merece, prescindir de aquel que prescinde de nosotros. Ahorrar esfuerzos y ocupar nuestros pensamientos y nuestras energías en aquellos que nos hacen felices.

Es tan fácil como alejar la mano de nuestra vista y ver la verdad de lo que hay.



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