domingo, 21 de agosto de 2011

El boicot

Los bebés no entienden racionalmente lo que les sucede, lo absorben todo emocionalmente, con las tripas, con el alma (luego, cuando son adultos, resulta que si no es racionalmente no entienden nada).

Cualquier cosa que viva y experimenta un bebé puede ser crucial, pues asumir la vida de ese modo implica que lo sentido queda grabado para siempre: en el alma. Hasta en las tripas. Y condicionará el resto de su vida. De algún modo las experiencias de un bebé lo programan para el adulto que va a ser en el futuro.

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Hay veces que de pronto nos damos cuenta de que las cosas en nuestra vida van bien: tenemos trabajo, nos gusta lo que hacemos; tenemos salud y nuestra familia y amigos también están sanos; nos miramos al espejo y nos gustamos; tenemos ganas de sonreír y de levantarnos cada mañana; no tenemos grandes preocupaciones que nos quiten el sueño... Pero pasa en ocasiones que cuando advertimos eso, eso que podríamos llamar felicidad, surge algo en nuestro interior que nos pone alerta, que nos frena los pies y nos dice: “Ten cuidado porque puede pasar algo que empañe todo esto”. No hay, objetivamente, motivo alguno para temer nada, sin embargo, inexplicablemente empiezan a surgir miedos, inquietudes, preocupaciones. Quizá no exista nada que justifique esa desazón y ese desasosiego, pero ahí está. Y nuestra “supuesta” felicidad está, efectivamente, empañada. Se instala en nuestro interior una angustia y un temor, es como si nos hicieran un nudo en el estómago. Y empezamos a ver amenazado nuestro bienestar a diestro y siniestro, empezamos a ver peligros y riesgos en todo aquello que consideramos que en nuestra vida “está bien”. Sí, ahora ya no somos plenamente felices. Ciertamente tenemos todos los elementos para serlo, pero también tenemos el elemento que destaca sobre todos los demás.

¿Por qué ocurre esto? Esa voz interior que nos ha advertido de los posibles peligros que amenazan nuestra felicidad no tiene otra fución que la de sabotearnos. Y cuando mejor estamos se encarga de que ese bienestar dure lo menos posible.

Seguramente crecimos pensando que no merecíamos ser felices, al menos no durante demasiado tiempo, por ello nosotros mismos nos confirmamos con ese tipo de “alarmas” que interrumpen nuestra alegría y nuestra paz, que eso debe ser así, que la felicidad plena y duradera es para otros, no para nosotros. En algún momento de nuestra infancia alguien, sin ninguna mala intención, por supuesto, debió de decírnoslo, con palabras o con hechos. Y nosotros, que por aquellos entonces comprendíamos a través de las emociones, sin cuestionarnos este tipo de cosas, nos lo creímos, crecimos creyéndolo y, lo que es peor, crecimos creyendo que era una verdad inapelable y inamovible. Y la perpetuamos.

Hasta que un día descubrimos que no sólo tenemos el derecho a cambiar de nuestra vida aquello que no funciona, sino que además tenemos la libertad y la capacidad de hacerlo en el momento que dispongamos. Cualquier cosa que creyéramos en el pasado no nos condena en el presente y en el futuro si decidiemos que no nos condene. Si creímos en algún momento de nuestra vida que no merecíamos ser plenamente felices, ahora, en este mismo instante podemos empezar a creer que sí, que sí merecemos ser plenamente felices. Creer, tener fe en algo, tener fe en uno mismo, no es más o menos difícil. Es todo lo fácil o difícil que cada uno decida. Creer que uno tiene derecho a ser feliz, plenamente feliz, es sólo cuestión de creerlo. Creer que se puede ya es poder.

Quizá la tarea menos sencilla sea empezar a rechazar y desatender esa voz que viene a oscurecer nuestro mundo de luz. Aparecerá en numerosas ocasiones, seguramente quiera permanecer a nuestro lado durante mucho tiempo antes de que se canse y nos deje en paz, lo único que tenemos que hacer es decirle: “Muy bien, estás aquí otra vez, pero yo ahora no puedo atenderte, tengo algo mejor de lo que ocuparme”. Se aburrirá y se irá. Sólo es cuestión de tiempo.

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