martes, 31 de mayo de 2011

¿Qué papel desempeño en mi vida?

Pensamos que somos como creemos que somos, es más, pensamos que somos como creemos que somos y además que eso es inevitable e inamovible.

“Yo soy como soy y no puedo cambiar. Eso es así”.

No. Primero, no somos como creemos que somos. Y eso que creemos que somos es tan voluble como queramos que sea. Sólo hay que querer.

Si tuviera que hacer una lista de algunos de los adjetivos que pueden definir a una persona, se podría decir de alguien que es impaciente, solitario, envidioso, responsable, egocéntrico, trabajador, injusto, antisocial, tímido, inseguro, suspicaz, con baja autoestima, simpático, dependiente, valiente, rencoroso, cariñoso, tenaz, miedoso, vergonzoso, celoso, posesivo, agradecido, tierno, influenciable, divertido... estos términos podrían definir a cualquiera, incluso a mí. Sin embargo, muchos de estos calificativos son fruto únicamente de introyectos que desde la infancia han sido imbuidos en el sujeto de modo que ha crecido creyendo que realmente es eso: “eres muy miedoso”, “no seas tan vergonzoso”, “eres muy trabajador”...

Repetir determinados comportamientos hasta el punto de “definirnos” ante los demás o ante nosotros mismos no nos convierte en eso.

Pero es obvio que el mismo individuo al que se le podían aplicar los adjetivos anteriores, también ciertamente puede mostrarse en determinados momentos y circunstancias de su vida como un ser paciente, sociable, noble, altruista, irresponsable, vago, justo, aburrido, seguro, esquivo, independiente, arrojado, cobarde, arisco, caritativo, confiado, antipático, caritativo, desagradecido, atrevido, liberal y con una alta autoestima.

No es ni una cosa ni otra.

Únicamente adoptamos un rol, desempeñamos un papel. Cada momento o situación de nuestra vida requiere determinada actitud para conseguir nuestros objetivos o cubrir nuestras necesidades. No soy envidiosa, sólo desempeño ese papel en ciertas circunstancias. No soy valiente, sólo desempeño ese papel en ciertas circunstancias. Es cierto que según cómo se haya forjado nuestro carácter y según nuestra herencia genética a ese respecto, nos sentiremos más identificados con un rol más que con otro, pero eso no significa que seamos esclavos de ese comportamiento o esa actitud.

Por eso, una actutud que nos beneficia puede ser potenciada, del mismo modo que una actutud que nos perjudica puede ser modificada hasta ser totalmente eliminada de nuestra vida. Nadie está condenado a ser como es (o como cree que es, o como los demás le dicen que es).

Si no nos gusta lo que hay sólo hay que cambiar. Y, como ya he dicho varias veces, sólo hay que necesitarlo verdaderamente para cambiar

domingo, 29 de mayo de 2011

El ciclo gestáltico. El ciclo de la experiencia

Hay una serie de etapas que deben completarse para que el sujeto pueda autorregularse y equilibrarse cuando surge una necesidad.

1) Estado de "Reposo": se ha resuelto una gestalt anterior, es decir, se ha satisfecho una necesidad y el sujeto está equilibrado.

2) La "Sensación": De pronto el individuo siente algo que lo saca de su reposo y equilibrio. Aparece una intranquilidad.

3) "Darse cuenta": Ahí es donde se identifica la nueva necesidad. Las necesidades pueden ser de cualquier tipo, una preocupación, hambre, una cuestión emocional... Y también se identifica aquello que puede satisfacerla.

4) La "Energetización": en esta fase el individuo reúne la concentración y energía necesarias para satisfacer su necesidad.

5) La "Acción": Se crea el movimiento necesario, haciendo uso de la energía concentrada en el estadio anterior, para lograr lo que se desea.

6) El "Contacto": El sujeto contacta con el objeto de su necesidad y esta es finalmente satisfecha.

7) Estado de "Reposo": …...

Un individuo que cierra sin interrupciones sus ciclos gestálticos es, en el más amplio sentido de la palabra, un individuo sano. Sin embargo, interrumpimos y detenemos estos ciclos constantemente boicoteándonos a nosotros mismos. Un ciclo inconcluso se convierte en un parásito que se instala en nuestra vida consumiendo nuestra energía, y que permanecerá en ella mientras no se satisfaga la necesidad.

A veces resulta muy obvia la necesidad a satisfacer y cómo hacerlo, sin embargo no lo vemos (escotoma), es evidente que algún beneficio obtenemos al no resolver el conflicto, aunque no queramos / sepamos reconocerlo. Los mecanismos neuróticos son los que de un modo muy claro ralentizan nuestra tarea de cerrar ciclos y cubrir necesidades. Por ello es tan importante "Darse cuenta" y "Actuar" sin demora ante ello.

viernes, 27 de mayo de 2011

Egocentrismo, Egoísmo, Altruismo

Debido a nuestra cultura y nuestro Código Cultural de Vida, adquirido desde la cuna y alimentado año tras año a lo largo de nuestra existencia, siempre hemos considerado que el Egoísmo era algo malo. Esa idea es errónea por el sencillo hecho de que se han equivocado los términos.

A ambos extremos tenemos el Egocentrismo y el Altruismo. Éste ha sido considerado tradicionalmente una actitud más loable que el egocentrismo y que el egoísmo, sin embargo plantea unas actitudes muy dañinas:

El altruista nunca acepta nada, sólo da. No se siente digno de recibir nada de los demás. Vive por y para dar y darse a los demás. Siempre quiere agradar, por ello es sumamente dependiente. Le da mucha importancia a su imagen. Se convierte en un ser servil, sumiso y, en consecuencia, en una víctima. Finalmente está frustrado, sufre y se siente solo. Vive una fantasía en la que siempre la culpa la tiene él.

Por su parte el egocéntrico nunca da y nunca pide. Se siente autosuficiente e independiente. Nunca reconocerá necesitar nada. Se siente un ser único que no necesita nada de los demás, por eso se siente por encima de los demás y los humilla. Es prepotente y en ocasiones hace uso del sarcasmo y la soberbia. También en el fondo está frustrado, sufre y está solo. Vive una fantasía en la que la culpa es siempre del otro.

El egoísta sabe dar y recibir. Pide cuando necesita algo. Es un ser interdependiente. Es responsable, es decir, asume la realidad, afronta las situaciones y las consecuencias de éstas. Está en contacto con “lo que es” sin entrar en juzgarlo o interpretarlo. Siente respeto por sí mismo y por el otro. Y desarrolla la filantropía.


EGOCENTRISMO
(amor al YO como centro de todo)
EGOÍSMO
(amor al YO sanamente)
ALTRUISMO
(amor al OTRO por encima de todo)
- No doy, no pido
- Independiente
- No necesito
- Yo soy único
- Humillación del otro
- Prepotencia
- Sarcasmo
- Soberbia
- Frustración=Sufrimiento=Soledad
- La culpa es del otro
- Fantasía
- Doy, recibo
- Pido
- Interdependiente
- Responsabilidad
- Acepto las consecuencias
- Contacto con “lo que es”
- No juicios ni interpretaciones
- Respeto
- Filantropía
- No acepto, sólo doy
- No pido lo que necesito
- Agradar
- Dependiente
- Importancia de la imagen
- Servilismo
- Sumisión
- Víctima
- Frustración=Sufrimiento
- Soledad
- La culpa es mía
- Fantasía

jueves, 26 de mayo de 2011

El "Darse cuenta"

Para entender la idea del “darse cuenta” debemos comprender antes qué significa estar AQUÍ y AHORA, y para ello hay que entender que sólo existe el presente. Que la vida es sólo presente.

El pasado existe sólo como parte del presente. Pero es sólo una idea, una fantasía nuestra. Eso significa, como idea que es, que existe desde nuestra perspectiva. Una misma experiencia vivida por dos personas en el mismo lugar y al mismo tiempo, tanto cuando fue una experiencia presente como cuando es vista con la distancia del tiempo y ya es pasado, es vista y vivida de forma distinta, desde perspectivas distintas, desde puntos de vista distintos. Del mismo modo, el futuro es también una idea, una fantasía, y sólo está en nuestra cabeza. Podemos imaginar, especular, adelantar acontecimientos, incluso pueden ayudarnos esas acciones en determinados momentos, pero no podemos olvidar que están en el mundo de la fantasía.

El pasado sólo fue real cuando fue presente, y el futuro sólo será real cuando sea presente. Luego sólo el presente es real.

El presente es lo que está pasando AQUÍ y AHORA. Y “darse cuenta” es entrar en contacto de manera natural y espontánea con lo que sucede en el AQUÍ y AHORA.

Existen tres zonas en las que “darse cuenta”.

1) Darse cuenta en el mundo exterior: se trata de sentir lo que hay fuera de mí, las cosas que veo, oigo, siento, huelo... y ante mí, a mi alrededor.

2) Darse cuenta en el mundo interior: tiene que ver con lo que siento en mi cuerpo: respiración, tensión muscular, molestias, relax...

3) Darse cuenta en la fantasía (zona intermedia): es todo aquello que surge en nuestra mente en forma de especulación, imaginación, recuerdo, plan, anticipación del futuro, interpretación... Lo más sano es verlo como lo que es, pura fantasía.

martes, 24 de mayo de 2011

Importancia personal e Imagen

Nuestra Importancia Personal responde a una imagen que creamos y defendemos a toda costa para sentirnos valorados. Ello surge a partir de un complejo de inferioridad, de un déficit de autoestima y seguridad que hace necesaria esta defensa de la imagen. Obviamente en determinadas ocasiones la Importancia Personal actúa como defensa ante una amenaza, pero generalmente, mal gestionada, es perjudicial.

¿Qué actitudes evidencian un exceso de Importancia Personal?

- La envidia, el desprecio, los celos... (la proyección)
- El victimismo, el control, la manipulación.
- El miedo a lo que el otro vaya a pensar, el miedo al ridículo, la vergüenza.
- El orgullo, la vanidad, la prepotencia, la inmodestia, el egocentrismo.
- La fantasía: interpretaciones, juicios y evaluaciones arbitrarias.
- La desconfianza, la sospecha.
- La sensiblería.

Muchas veces vivimos esclavos de una imagen que queremos ofrecer a los demás. Nos inventamos un "yo alternativo" que es el que mostramos a los demás. Ese "yo" responde a lo que deberíamos ser de forma natural pero que no somos, porque nos reconocemos imperfectos, y no queremos mostrar nuestras debilidades y nuestras imperfecciones.

Por ello, por defender esa imagen y asegurarnos una buena opinión por parte de los demás tenemos diversos comportamientos que se pueden resumir en una simple palabra: Hipocresía

- Decimos o no decimos algo en contra de lo que verdaderamente pensamos o sentimos.
- Hacemos o no hacemos algo que realmente no concuerda con nuestras necesidades.
- Soportamos situaciones que nos resultan incómodas.
- Consentimos actitudes de los demás con las que no concordamos.
- Sonreímos falsamente ante lo que en el fondo nos repele.
- Nos importan las apariencias.
- Nos importa el qué dirán o pensarán.
- Nos confluenciamos por miedo al rechazo y la soledad.
- Queremos dar motivos para que hablen bien de nosotros.

Sería interesante darnos cuenta cuando actuamos movidos por nuestra Importancia Personal y cuando estamos tratando de defender una Imagen (que no es un reflejo fiel de nuestra personalidad). La mayoría de las veces todo es pura fantasía, otra vez esa fantasía que nace y reside en nuestra mente. Nosotros mismos somos los que nos planteamos lo que el otro piensa o podría llegar a pensar, lo que el otro diría o haría si nosotros fuéramos realmente nosotros, corriendo los riesgos que supondría ser nosotros. Y nuestra actitud responde a esa fantasía, de modo que al final no actuamos en función de lo que el otro podría pensar de nosotros si no actuáramos según sus expectativas, efectivamente no es la opinión del otro que, aún no ha podido manifestarse, sino que en el fondo actuamos en función de nuestra propia opinión. Pongamos un ejemplo:

Un amigo me llama y me pide que lo acompañe a comprar un microondas, se siente muy abrumado en las grandes superficies y querría mi compañía y mi consejo. Pero lo que realmente yo quiero es pasar la tarde leyendo en la playa bajo el sol y no me apetece en absoluto meterme en un centro comercial. Mis opciones podrían ser dos:

a) Soy sincera y digo que no me apetece, y que tenía otros planes para esa tarde.
b) Hago caso omiso a mi verdadera necesidad y lo acompaño a comprar el microondas.

¿Por qué elegir b) y no a)? Por pura imagen. ¿Qué puede pensar mi amigo si no lo acompaño? Que soy mala amiga, que no se puede contar conmigo, que sólo me importo yo, que no soy buena, que no respondo a lo que se espera de mí…... Demasiado para soportarlo sobre mi conciencia. Pero eso no necesariamente son potenciales opiniones de mi amigo, es lo que yo pensaría en su lugar, es mi propia opinión y conforme a la que actúo.

¿Por qué elegir a) y no b)? Por pura coherencia con uno mismo. Tener un compromiso externo más firme que nuestro propio compromiso con nosotros mismos no nos hace mejores personas; que no respondamos a nuestras propias necesidades por responder a las ajenas nos hace, en efecto, menos confiables.

Podría existir incluso una opción c) Hoy no, quiero / necesito hacer otra cosa, si quieres te acompaño en otro momento.

Lo más importante de todo es ser realmente sincero con uno mismo, y para ello no hay que pensar, sólo hay que sentir en el estómago de dónde venimos cuando emitimos nuestra respuesta (a, b o c): de nuestra necesidad o de la imagen que queremos dar.

Mi autoengaño

Creemos que vivimos una realidad, pero constantemente nuestra mente vive una fantasía. La mayoría de las veces vivimos la fantasía que nuestra mente nos impone.

Sin ir más lejos, nuestros mecanismos neuróticos nos impiden estar en el mundo de forma totalmente real. Creamos la fantasía de los celos y la envidia (proyección), echamos la culpa al otro (deflexión), nos aferramos a creencias impuestas (introyección), nos autocastigamos con reproches y culpa (retrofexión), nos amoldamos a voluntades ajenas (confluencia) y lo más descaradamente “fantasioso”, cerramos directamente los ojos a nuestra realidad, miramos a otro lado, vemos otra cosa (escotoma).

Cuando nuestra realidad es incómoda la reinventamos sin más, y la mayoría de las veces no nos apercibimos de ello, por eso somos capaces de vivir durante años sin darnos cuenta de que todo ha sido una auténtica farsa, creada por nuestra frustración, nuestro resentimiento, nuestro sentimiento de culpa, nuestro orgullo, o sencillamente por no hablar cuando es necesario hacerlo...

Sería tan fácil como preguntar, comunicarse. Decir.

Llevar la razón” nos da poder, nos hace fuertes, nos da seguridad, aumenta nuestra autoestima; por eso mucha gente ansía tener la razón, hasta tal punto que reconcer que otro tiene más razón que nosotros nos devalúa y nos quita fuerza, nos debilita; y es un trago que no estamos dispuestos a aceptar.

En ocasiones nuestra “razón”, la que creemos que tenemos, es puro fruto de nuestra fantasía. En el fondo lo sabemos, pero nos negamos a ponerlo a prueba por temor a poner en evidencia precisamente eso, una creencia basada en fantasías: sospechas, imaginaciónes, “yo creía”, “yo pensé”, "seguro que..." ...

En lugar de hablar, preguntar y resolver, quizá resulta más cómodo creer, sospechar, suponer, imaginar. ¿Cuántas cosas se han quedado sin resolver o se han resuelto mal por ser cómodos?

Está bien. Es una forma de actuar como otra cualquiera. Pero creo que es necesario, para la buena salud emocional de uno, y sobre todo para ser justo y coherente con el mundo, plantearse estas cosas y reconocerlas, ver que, en la mayoría de los casos, es un acto de soberbia, pues, realmente pensamos que nosotros estamos en posesión de la verdad y el otro está equivocado. Y una vez hecho esto, actuar con responsabilidad. Se puede seguir siendo cómodo si es lo que se prefiere, pero asumiendo responsablemente las consecuencias de nuestra comodidad.

lunes, 23 de mayo de 2011

La culpa

Todo comienza a partir de la expectativa que otro crea en nosotros. Entonces nosotros decimos o hacemos algo que en ese momento responde a nuestra necesidad y choca con nuestro Código Cultural de Vida (este código ya sabemos que nos presiona para hacer algo que "socialmente" esté bien visto aunque a veces no se corresponda con nuestra necesidad).

Ese CCV, como un juez-verdugo implacable, nos dice que eso que hemos dicho o hecho ante la expectativa de otro, no cumpliéndola, no está bien, es incorrecto. Es ahí donde surge la culpa. Nos sentimos culpables por no haber respondido a las expectativas de otro.

Muchas veces, para que la culpa no surja preferimos hacer caso omiso de nuestra necesidad y atendemos a esa expectativa. Y ahí es cuando, por no "traicionar" al otro, nos traicionamos a nosotros mismos. También para no traicionar la imagen que, por Importancia Personal, mostramos a los demás. En cualquier caso da igual, porque también surge la culpa por habernos fallado a nosotros mismos (aunque tratemos de consolarnos pensando que hemos hecho lo que “debíamos hacer”. Eso no vale para nada).

Ante la culpa podemos tener dos reacciones. Por un lado la deflexión, responsabilizando a los demás, estando resentidos con ellos o con nosotros mismos. Y por otro lado no aceptamos en nuestro fuero interno haber hecho o dicho aquello.

Con aquellas personas que crean un nuevo CCV (presente y modificado), pueden ocurrir que, aunque nos apoyemos en este nuevo código, nos autoengañamos porque aún persiste un "yo profundo" que se sigue sintiendo culpable, lo cual implica que ese nuevo código no está basado en el respeto y la necesidad de uno, y mientras no lo esté la culpa persistirá. Cuando el CCV modificado está asumido es cuando acepto la realidad y me hago responsable.

Detrás de la culpa hay dos cosas:

- No acepto lo que dije, hice, pensé, sentí.
- Estoy resentido.

Es importante ver más allá de la culpa y descubrir qué hay detrás para resolver, ya que prolongar demasiado tiempo el sentimiento de culpa, además de manipulativo, es inútil y poco eficiente pues implica la inacción del sujeto. Y sin acción no hay cambio. Y sin cambio no hay evolución.

El Código Cultural de Vida

Pertenecer a una cultura, sea ésta la que sea, implica beber de diversas fuentes que van a influir en nosotros de manera decisiva. Desde antes de nacer nuestros padres ya están depositando una serie de expectativas en nosotros y esperan incluso ciertos comportamientos que, en la medida en que puedan, querrán guiar y controlar mientras les sea posible. Todo ello ocurre mientras nos inculcan una serie de introyectos que previamente ellos han aprendido de sus padres y éstos de los suyos, y así sucesivamente durante generaciones y generaciones.

Ya en el vientre de nuestra madre, en nuestra extrema pureza, desde el código que rige la sociedad a la que pertenecemos, la escuela, la Iglesia, los medios de comunicación... nos empiezan a llenar de introyectos: los chicos no lloran, hay que respetar a papá y mamá, las chicas deben ser buenas "amas de casa"... diseñándonos para adoptar determinados comportamientos que respondan a lo que la sociedad requiera. Aparte de eso, nuestra familia influye constantemente sobre nosotros, que, niños inocentes y sin capacidad aún de distinguir o dilucidar, absorbemos toda esa información como la única verdadera y válida. La creemos y aceptamos sin más, sin digerirla, sin analizarla, sin plantearnos si realmente nos conviene o no.

Y con todo ese cóctel de creencias, comportamientos y actitudes aprendidos, creamos nuestro Código Cultural de Vida (CCV). Son nuestros valores, pero no son nuestros porque los hayamos creado nosotros, son nuestros porque los hemos hecho nuestros, son los que utilizamos y por los que nos regimos. Y no necesariamente tiene que coincidir con el CCV de nuestro vecino. De ahí los conflictos, la mitad de las veces por cuestiones que no son nuestras, que ni siquiera creemos en lo más hondo de nosotros...

Pero habría que plantearse qué elementos de ese código son realmente válidos en nuestra vida, distinguir qué hay que sea verdaderamente nuestro y qué aprendido e imitado. Sería un gran ejercicio de depuración y de limpieza hacer un análisis de nuestro Código Cultural de Vida y eliminar aquello con lo que no nos identificamos, cambiarlo, sustituirlo por lo que en realidad nos defina. Ello implicaría necesariamente un auténtico shock tanto para nosotros como para nuestro entorno, pues supondría generar cambios en nuestra vida en algunos casos radicales. Habría que estar dispuesto a eso.

Pero ya sabemos que los grandes cambios surgen de las grandes necesidades.

Las expectativas

Generalmente estamos acostumbrados a crear expectativas en los demás, esperamos de ellos determinados comportamientos, incluso en situaciones que no dependen de los ellos; pero eso nos importa poco porque lo más importante es que se cumplan nuestros deseos. Lo más grave de todo es que no pedimos permiso para crearnos esas expectativas.

Obviamente esas expectativas, creadas únicamente respondiendo a nuestras necesidades o deseos, muchas veces no se cumplen, no tienen por qué cumplirse; sin embargo, casi nunca nos planteamos eso. Y cuando eso ocurre se dan una serie de acontecimientos que sería interesante analizar para en el futuro gestionarlos con inteligencia (emocional) y no sufrir ni hacer sufrir al prójimo.

Se trata de un problema de comunicación, "damos por hecho" ciertas cosas sin antes consultar o confirmar nada. Consideramos que, sólo porque nosotros haríamos o diríamos determinada cosa, el otro también tiene que hacerlo o decirlo. Consideramos que si el otro no es como nosotros, o no hace lo que nosotros esperamos que haga, además de estar equivocado, no nos quiere ni nos trata bien.

La expectativa no cumplida supone frustración, sufrimiento y resistencia. Surge enseguida la tristeza por no ver cumplidos nuestros deseos, sin embargo, debemos tener muy claro que la tristeza es transitoria, no dura demasiado, muy pronto deja de ser tristeza para, con la misma apariencia, convertirse en la máscara de la ira, el resentimiento, el enfado, la rabia, la frustración, la impotencia... A partir de ahí las actitudes pueden ser diversas: la prepotencia, el resentimiento, el sarcasmo... esa rabia no liberada o liberada a través del veneno de la ironía y la prepotencia, se vuelve contra nosotros provocándonos en el peor de los casos incluso la enfermedad.

¿Cómo resolvemos esto? ¿Cómo liberamos nuestra frustración? Golpeando.

La rabia no se desahoga hablando, llorando, gritando, corriendo, o con yoga. Se libera golpeando. Sería muy recomendable disponer de un cojín sobre el que poder descargar toda nuestra ira con toda la fuerza con la que ésta quiera salir, sin tapujos y sin reparos. Y golpearlo repetidas veces hasta que nos sintamos liberados totalmente de ese resentimiento.

Otra cuestión es cuando se trata de lo que yo llamo una "Expectativa legal", es decir, aquella expectativa que no nos hemos creado sin permiso, sino que ha surgido de un compromiso previo por parte de la otra persona. No ha sido una expectativa creada en la fantasía, sino en la realidad. Cuando se incumple ese tipo de expectativas el sentimiento de frustración es totalmente lícito, pero no por ello debemos alojarlo dentro de nosotros. Además de liberarlo del modo que he sugerido más arriba, estamos en nuestro derecho de solicitar a la persona que ha frustrado nuestras expectativas algún tipo de compensación que nos resarza de algún modo (esa compensación debe ser coherente, basada en la realidad y por supuesto no podrá ser cuestionada en el futuro).

Ni que decir tiene que del mismo modo deberíamos actuar cuando somos nosotros los que no cumplimos.

En cualquier caso sería muy interesante plantearnos que no siempre lo que deseamos se corresponde con lo que es mejor para nosotros. Por eso lo más inteligente es aceptar con optimismo lo que nos llega aunque no coincida con lo que deseamos o no se vean cumplidas nuestras expectativas. Porque lo que llega siempre es lo mejor.

domingo, 15 de mayo de 2011

Los mecanismos neuróticos (III) CÓMO RESOLVEMOS

Muy bien, conozco los mecanismos neuróticos. Ahora, ¿por dónde empiezo?

Lo primero es dar estos tres pasos:

1º) Tomar conciencia de la necesidad de cambio.
2º) Adquirir un compromiso real con uno mismo.
3º) Ser responsables.

El cambio se producirá única y exclusivamente cuando exista una verdadera necesidad de cambio. No se puede insistir en que nuestra vida requiere un giro de 180 grados y permanecer cómodos en esa situación.

Evidentemente el compromiso con uno mismo es fundamental. Si eso no se da, todo lo que hagamos será en vano pues constantemente buscaremos excusas para no ser responsables, dejaremos en manos de los otros o del entorno nuestro cambio y nuestra vida, y al final, obviamente, no ocurrirá nada. Con lo cual, fundamental el compromiso, sabiendo que ello puede suponer en ocasiones momento difíciles y situaciones embarazosas.

Cuando hablamos de ser responsables no estamos hablando de obligaciones, cuidados o cargas. El término RESPONSABILIDAD es un compuesto de “responsa”, que significa RESPUESTA, y “-bilidad” que significa HABILIDAD. Es decir, que responsabilidad no es más que HABILIDAD DE RESPUESTA. El que es responsable tiene la habilidad de responder ante cualquier situación y además, asume las consecuencias de sus actos. Si no asumimos las consecuencias de nuestros actos no somos responsables. Ejemplos:

- Si mis padres requieren mi atención constantemente, y yo accedo a ese control porque desde mi "Código Cultural de Vida" un buen hijo debe comportarse así aunque en realidad mis necesidades sean otras, lo que estoy haciendo es responder a un introyecto y no me hago responsable.

- Si consiento que haya gente que me cae mal, que tiene comportamientos que no soporto y despierta en mí un sentimiento de rechazo, me estoy proyectando y no soy responsable.

- Si yo me quejo constantemente de que hay alguien en mi trabajo que me amarga la vida pero no hago nada, lo único que estoy haciendo es deflexionar y no soy responsable.

- Si caigo en una depresión porque mi vida es un desastre. Estoy "retroflexionando" y no soy responsable.

- Si me aterra discutir con el otro, exponer y defender mi opinión, y finalmente acepto y asumo el punto de vista del otro por no entrar en conflicto, me estoy confluenciando y no estoy siendo responsable.

- Y por último, cuando estoy sufriendo por un problema pero aun teniéndola delante, no veo la solución, estoy "escotomizada" y no soy responsable.

Los mecanismos neuróticos (II) CONCLUSIONES

- Los mecanismos de defensa (neuróticos), no son buenos ni malos, todo depende del uso que se haga de ellos. Se vuelven neurosis cuando se vuelven inadecuados, se enquistan y se hacen crónicos.

- La neurosis no es una enfermedad, es un modo de estar en el mundo y relacionarse con él. No se tienen neurosis, se es neurótico. La neurosis es nuestra identidad.

- La neurosis se instala en nosotros progresivamente (exceptuando situaciones traumáticas), a base de repetirse determinada conducta, formando poco a poco nuestra identidad.

- Generar un cambio, que surge solamente cuando hay una verdadera necesidad, implicaría romper con nuestra identidad para crear otra nueva. Eso, obviamente, genera rechazo porque hay que movilizar toda la estructura que, a su vez, implica abrirse a algo nuevo y desconocido que tememos.

- Por ello el individuo generalmente, ante la necesidad de un cambio, se siente en conflicto ya que reconoce esa necesidad pero la teme.

- De ahí que el conflicto se intente resolver con un “no puedo”. Pero hay que saber que detrás del “no puedo” está el “no quiero”, y se prefiere depositar la responsabilidad fuera en lugar de asumirla: en el “no puedo” no tenemos potencial, en el “no quiero” sí.

- El “no quiero” no significa conocer las causas por las que no se quiere.

- La neurosis supone evitar el contacto con uno mismo, con el otro y con el medio.

- El neurótico confunde rutina con carácter.

La confluencia

Cuando se rompen los límites entre el individuo y el ambiente aparece la confluencia, es decir, el individuo como individuo diferenciado deja de existir para formar parte y con-fundirse con el entorno. Se trata de un caso extremo de alienación, no se tienen metas propias, se va a la deriva, el individuo se deja llevar sin oponer resistencia o su propia voluntad. No tiene mucho que decir, es más, es incapaz de definirse a sí mismo o a los demás; ni es capaz de trazar el límite entre él y los demás. Ha creado una relación de dependencia con el entorno que le impide confiar en su propio potencial y en sus capacidades.

Todo ello significa que el contacto entre él y los demás, en total fusión, no pueda ser espontáneo, vivo, fluido, natural. No está en contacto con sus necesidades, por ello no puede satisfacerlas.

En las relaciones interpersonales siente la necesidad de que exista similitud, no tolera las diferencias. Esto se da por ejemplo entre padres que consideran a sus hijos como una extensión de sí mismos. El niño se ve obligado a confluir con sus padres para ser amado.

También en parejas, obviamente. Este tipo de relaciones es insano en el sentido de que no se aceptan diferencias ni disparidades de opiniones, el individuo confluyente siente la necesidad constante de estar en armonía con el otro, aunque sea a costa de las propias emociones y necesidades.

El escotoma

Ante lo que no queremos oír, ver o decir permanecemos sordos, ciegos  y mudos. Si no vemos ni oímos lo que nos incomoda sencillamente parece que desaparece. Si no decimos lo que necesitamos decir me obligo a que desaparezca la necesidad. Pero nada desaparece.

El escotoma implica:

- No arriesgarse
- Autoengañarse
- Vivir en la fantasía
- Ser irresponsable

miércoles, 11 de mayo de 2011

La retroflexión

En la retrofexión el sujeto se hace a sí mismo lo que querría hacer al otro o al ambiente. Cuando lo sano sería emplear sus energías hacia fuera para manipular el ambiente y satisfacer sus necesidades, en lugar de eso las vuelve hacia sí, atacándose. De este modo actitudes como morderse las uñas, el narcisismo, el autocontrol, la depresión, la culpa, la desvalorización, la autodestrucción... son totalmente retroflectivas.

La deflexión

En la deflexión se evita el contacto con “el otro”, tratamos de centrar la atención en otra cosa para evitar lo que en realidad debería ser el centro de nuestra atención. Deflectamos cuando hacemos cualquier otra cosa antes de afrontar lo que de verdad importa y lo que de verdad hay que hacer. Se habla y se hace, pero no se asimila la experiencia.

Algunos de los comportamientos deflectivos son:

- Salirse por la tangente, irse por las ramas.
- Preferir ser cortés a ser sincero.
- Hablar del pasado cuando lo presente es más importante.
- Hablar “de” alguien antes de hablar “con” alguien.
- Depositar la responsabilidad fuera de nosotros (culpar a otros, al ambiente, al destino, la suerte).
- Poner excusas para no afrontar la realidad y resolver los problemas.
- ...

martes, 10 de mayo de 2011

La proyección

El mundo es un espejo en el que nos miramos constantemente. Todo lo que vemos fuera de nosotros no es más que un reflejo de lo que somos por dentro.

Cuando envidiamos, admiramos o vemos en los demás algo que nos gusta o que no nos gusta, estamos PROYECTANDO en los demás cualidades que no vemos, no reconocemos o nos negamos a ver y reconocer en nosotros mismos. Todo lo que vemos en los demás lo tenemos nosotros también. Sólo hay que saber recoger la proyección. Cuando admiramos algo positivo en otra persona hay que saber buscar en nosotros mismos las situaciones en las que somos así o desarrollamos esa habilidad. Sólo tenemos que dirigir la mirada hacia nosotros mismos buscando eso que vemos en los demás. Y si buscamos lo encontramos, porque está ahí, eso es seguro.

Lo mismo ocurre cuando vemos que alguien tiene algo que no nos gusta y nos cae mal. Eso que rechazamos de los demás y que provoca en nosotros una sensación incómoda, está también en nosotros. Sólo hay que saber reconocerlo. La habilidad o actitud está ahí, pero cada uno la utiliza de una manera, y nosotros hacemos uso de esa habilidad también en determinados momentos y con determinada gente, aunque no nos guste recocerlo.

Pasa a menudo que queremos ser perfectos o al menos muy muy buenos, y tener esa "mancha" nos incomoda. Otra cosa que nos impide ver en nosotros eso que rechazamos en los demás es que no queremos parecernos a esos a los que rechazamos.

Con la envidia pasa igual. Eso que envidiamos, incluso cuando es algo aparentemente material, lo tenemos también nosotros. Por ejemplo, alguien puede envidiar la altura de otro. Evidentemente se tiene la altura que se tiene y eso no se puede cambiar, sin embargo, lo que significa ser alto, por ejemplo belleza, elegancia, esbeltez...eso mismo lo tiene en sí el que ansía ser más alto, lo que pasa es que no lo ve.

El trabajo puede resultar a veces difícil, pero hay que hacerlo. Si NOS PROYECTAMOS (admiramos, envidiamos, rechazamos) pero no RECOGEMOS LA PROYECCIÓN (reconocer conscientemente y aceptar en nosotros aquello que admiramos, envidiamos y rechazamos) no hacemos un trabajo completo, es más, perdemos energía, nos agotamos.

De la misma manera que nosotros nos proyectamos viendo ciertas cosas en los demás, los demás se proyectan en nosotros viendo ciertas cosas que no ven en ellos mismos. Tanto si son cosas que gustan como si no gustan tanto.

El mundo es un espejo.

Constantemente estamos viendo en los demás cosas que hay en nosotros y que en ocasiones cuesta reconocer, unas veces porque nuestra baja autoestima nos impide reconocer cosas buenas en nosotros, y otras veces porque no queremos reconocer en nosotros cosas que no nos gustan.

La introyección

Los introyectos son todas aquellas ideas que nos han hecho “tragar” desde la infancia, desde antes de nacer incluso, y que han entrado en nosotros sin que hayamos podido digerirlas. Las hemos asimilado como propias sin más. Los introyectos nos los enseñas nuestros padres, nuestro maestros, la Iglesia, la publicidad... la sociedad en definitiva.

Ideas que asumió una socidad machista (los hombres no lloran, la mujer debe limitar su labor a lo doméstico, el hombre es un ser superior a la mujer...) fueron introyectos que se prolongaron de generación en generación hasta que, poco a poco, están siendo destruidos.

Desde el punto de vista del individuo, los introyectos son impuestos en la infancia por progenitores y la escuela, y es obvio que son necesarios en ese momento de la vida de la persona, pero es fundamental que, una vez que ésta ha adquirido la capacidad de discernir y juzgar por sí misma, cuestione esos introyectos, los ponga en duda, observe la realidad desde una óptica nueva y sobre todo propia. Ello implicará necesariamente romper con muchos introyectos, con muchos presupuestos y esquemas con los que se ha vivido desde el momento del nacimiento, algo que le supondrá quizá un gran esfuerzo y algún que otro conflicto. Pero está claro que sin el cuestionamiento y eliminación de introyectos el sujeto estará condenado a vivir bajo los parámetros de otro, con puntos de vista e ideas ajenos.

Sería interesante empezar a plantearse cuestiones como ¿este pensamiento responde a una idea propia o aprendida? ¿Este sentimiento es mío o me lo han inculcado? ¿Esta es mi opinión o la estoy imitando?

lunes, 9 de mayo de 2011

Los mecanismos neuróticos (I) MI AUTODEFENSA

Los mecanismos neuróticos en Gestalt son a una serie comportamientos autodefensivos que la persona adopta a lo largo de su vida cuando surge un conflicto entre él y el ambiente. Esos comportamientos y actiturdes reflejan su forma de estar en el mundo, su forma de relacionarse con éste y en última instancia reflejan su identidad, es decir, es lo que la define ante los demás y ante ella misma. Ello implica que, aunque se reconozca que resulta necesario un cambio, éste se resista.

Plantearse cambiar algo tan intrínseco como la propia identidad conlleva correr un riesgo que a veces da miedo asumir. Es como verse al borde de un precipicio, ¿cómo dar un paso más?

Pero el cambio se genera cuando realmente hay una verdadera necesidad, mientras tanto siempre se esperará que cambie antes el entorno, que cambien los demás. O sea, no nos hacemos responsables y dejamos en manos ajenas nuestra vida.

Es interesante saber en qué consisten los mecanismos neuróticos para identificarlos y erradicarlos o, al menos, si decidimos seguir siendo neuróticos, hacerlo con responsabilidad y conociendo sus efectos. Y desde luego, si verdaderamente lo hacemos con responsabilidad, sin quejarnos.

- Introyección
- Proyección
- Deflexión
- Retroflexión
- Confluencia
- Escotoma

domingo, 8 de mayo de 2011

El compromiso

Durante muchos años viví pensando que el amor que me profesaba a mí misma era suficiente, que yo estaba haciendo bien las cosas y que si me sentía poco amada no era cuestión mía sino de los demás, o de alguna especie de complot que la vida o el destino hacía contra mí para impedirme ser feliz.

Tampoco me planteaba si lo que hacía lo estaba haciendo por mí, por otras personas o porque se suponía que era lo que "tenía que hacer", cuando realidad en mi fuero interno deseaba hacer otra cosa.

A veces el compromiso que adquirí con el resto del mundo (familia, trabajo, pareja, amigos...) era más fuerte que mi compromiso conmigo misma. Y lo peor de todo era que pensaba que ése era un comportamiento aceptable y sano. No me daba cuenta de que adquirir un compromiso externo a mí más fuerte que el que tuviera conmigo misma, además de limitarme y limitar mi felicidad, me impedía ser libre y más abierta con el mundo.

Amarse uno mismo empieza por cuestionarse esas cosas.

El siguiente paso fue asumir que sólo yo era la dueña de mi vida y de todo lo que me sucedía. Es cierto que me acostumbré a quejarme cuando las cosas no sucedían como yo quería, cuando no me amaba quien yo quería, cuando el resto del mundo no se comportaba como yo esperaba, cuando se frustraban mis expectativas... La queja y la autocompasión se convirtieron en tácticas muy recurrente sobre todo por lo cómodas que eran. La culpa era siempre de los otros.

Fue fundamental entender que sólo yo tenía el poder de cambiar aquello que no funcionaba en mi vida, que hacerlo o no hacerlo sólo dependía de lo que me conviniera hacer únicamente a mí.

Mi vida es sólo mía. Y nadie podrá cambiar nada en ella que no quiera cambiar yo.

Por eso es tan importante ser sincero con uno mismo, saber qué quiere uno realmente en su vida, reconocer hasta qué punto nos sentimos cómodos y nos conviene prolongar la situación de la que nos quejamos. Y lo más importante, adquirir un firme compromiso con uno mismo que surgirá siempre que haya una verdadera necesidad de cambio. Y cumplir ese compromiso. Actuar. No permitir que otros tomen las riendas de nuestra vida.

Pase lo que pase (o no pase) en mi vida, sólo yo soy la responsable.